Tranquilos. No hay motivo para alarmarse. Solo llevamos quince días de guerra en Oriente Medio, el precio del petróleo ha superado los cien dólares por barril, el estrecho de Ormuz está cerrado, hay misiles sobrevolando el Golfo Pérsico, y Trump anuncia en sus redes sociales, con la solemnidad de quien publica una foto de su desayuno, que están destruyendo por completo el régimen terrorista de Irán. Todo perfectamente normal. Sigan con sus vidas.
El 28 de febrero, mientras se desarrollaban negociaciones diplomáticas entre Washington y Teherán, Estados Unidos e Israel lanzaron por sorpresa una serie de bombardeos aéreos sobre varias ciudades iraníes. Por sorpresa, sí. Mientras se negociaba. El detalle es importante, porque dice mucho sobre la clase de diplomacia que se practica en el siglo XXI: la que se ejerce con una mano estrecha la tuya y la otra firma la orden de bombardeo.
El resultado inmediato fue, como era de esperar, el caos. Irán respondió lanzando misiles y drones contra Israel y contra bases militares estadounidenses en Baréin, Kuwait, Catar, Emiratos Árabes, Arabia Saudita, Jordania e Irak. Es decir, un reguero de fuego sobre medio Oriente Medio. Los países del Golfo, que no habían pedido participar en esta función, se encontraron de repente con misiles en el patio de casa. Desde los países del Golfo atrapados en el conflicto, la reacción fue unánime: «Esta no es nuestra guerra». Qué razón tienen. Lástima que nadie les preguntó antes de empezar.
Entre tanto, Trump gestionó la crisis como gestiona todo: desde el teléfono. Afirmó en redes sociales que las fuerzas estadounidenses tienen «una potencia de fuego sin igual, munición ilimitada y tiempo de sobra». Reconfortante. En otros tiempos, los presidentes consultaban con el Congreso antes de ir a la guerra. Ahora basta con una buena conexión a internet y ganas de escribir en mayúsculas.
Lo de Irán, sin embargo, tampoco invita al llanto fácil. Los ataques resultaron en la muerte de Alí Jameneí, el líder supremo iraní, y de otros altos mandos, además de miles de víctimas civiles. Entre ellas, las de una escuela de primaria. Siempre hay una escuela. En todas las guerras del mundo, sin excepción, hay una escuela. Como si la historia no pudiera avanzar sin ese detalle que te parte en dos. Y el régimen que sucedió al difunto, encabezado por su hijo Mojtaba, lleva quince días sin aparecer en público, con rumores sobre su estado de salud que van desde una fractura en el pie hasta algo considerablemente peor. Un líder supremo que no puede liderar. Poética, la situación.
Mientras, España ha evacuado a más de ocho mil ciudadanos de la zona. Según el Ministerio de Asuntos Exteriores, se trata de la mayor evacuación de la historia llevada a cabo por España. Récord histórico. Podríamos haberlo logrado sin él.
La Fórmula 1 ha cancelado sus grandes premios en Arabia Saudita y Baréin. Los precios de la gasolina suben en toda Europa. La economía mundial contiene la respiración. Y la ONU pide, como siempre, que se dialogue. El secretario general Guterres, eterno vigía de catástrofes que nadie escucha, afirmó que los ataques han causado un sufrimiento inmenso y han llevado a la región a un punto de ruptura, e insistió en que la distensión y el diálogo son la única salida. Tiene razón. La tiene desde hace treinta años. Y desde hace treinta años, nadie le hace ni el más mínimo caso.
Esto es lo que hay. Una guerra que empezó mientras se negociaba la paz, gestionada por un hombre que tuitea órdenes de combate, en una región donde los civiles pagan siempre la misma factura. El siglo XXI lleva veintiséis años prometiendo que seríamos más listos que el XX.
Seguimos esperando.


