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La Oreja de Van Gogh y el fanatismo: cuando la crítica se convierte en navaja

Los conciertos de La Oreja de Van Gogh reabren el debate sobre la fragilidad de los mitos musicales y la crueldad de ciertas críticas en redes sociales.

Marcos López Quiroga
Marcos López Quiroga
· 3 min de lectura

Los conciertos de La Oreja de Van Gogh han reabierto el debate sobre la fragilidad de los mitos musicales y la crueldad de ciertas críticas en redes. La reflexión llega desde Madrid, donde el fenómeno fan se vive con especial intensidad.

Los últimos conciertos de La Oreja de Van Gogh han vuelto a poner sobre la mesa una realidad incómoda: la voz que encarnó a toda una generación ya no es la misma. Según publica 20minutos, los fragmentos difundidos en redes sociales y los comentarios que los acompañan han reabierto un debate que va más allá de lo musical, el de la fragilidad de los ídolos y la saña con la que a veces se les juzga.

Quien escribe esto no es ajeno al fenómeno. He escuchado esos conciertos con atención y he leído lo que se dice en las redes. Hay en ellos una suerte de terapia colectiva, una regresión psicológica en la que artistas y público buscan un edén perdido, sabiendo que la voz nunca volverá a ser la de antes. Los desajustes vocales generan aprensión, es cierto, pero también lo es que cada uno es libre de escuchar o de taparse los oídos.

De ahí a la crítica despiadada y a la destrucción del mito hay un trecho. En este país sobran voluntarios dispuestos a matar a cualquier ruiseñor, por mal que trine. Son navajeros que sajarían la oreja como hizo Van Gogh en presencia de Gauguin.

No conviene dedicar mucho tiempo al miserable, que se pudra en su odio. Interesa más entender al fanático. Los adoradores de estos grupos niegan lo evidente, que las viejas voces no volverán. Persiguen un fantasma como necesidad básica porque quieren restaurar una ilusión. Es pura fantasía que les hace sentirse parte de algo, y en ciertos casos, para ellos, es más importante que sentirse alguien.

El fanatismo es una pandemia en nuestra civilización. Ha proliferado en todos los ámbitos y ha hecho que se pierda la perspectiva de los referentes políticos, religiosos, éticos o artísticos. Es una metástasis que se propaga por redes sociales hipertrofiando nuestro pensamiento crítico. El fanático es incondicional y abnegado, lo que le lleva a ser un sujeto despersonalizado.

Todos albergamos componentes fanáticos. Si se liberan sin control, aparece con frecuencia un monstruo, en palabras de Voltaire. Estamos a la espera de idealizar un objeto o un sujeto, ya sea político, artístico o deportivo, y cuando surge, nos convertimos en intolerantes. No aceptamos la crítica educada y abdicamos de la tolerancia. Hay un filtro doctrinario que desprecia la realidad para dar paso al prejuicio identitario del grupo al que perteneces. Es muy común en política, donde se mojan las orejas un día sí y el otro también.

Quizá fueron premonitorios los versos de Francisco Brines:

«La oreja izquierda es la nada, / la derecha es el olvido: / entre ellas dos suena el humo».
Marcos López Quiroga

Escrito por

Marcos López Quiroga

Redactor de Actualidad

Sigue la actualidad de Madrid: sucesos, tribunales y la vida en los barrios de la ciudad.

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