Imagina que mañana te despiertas, redactas cuatro folios con terminología jurídica de aire solemne, los mandas por correo certificado al Ministerio de Cultura y te proclamas presidente de tu propio Estado. Suena a chiste, pero hay gente que lo ha hecho. Y no solo eso: hay gente que lleva 25 años haciéndolo con una coherencia que da vértigo. Bienvenido al mundo de la República Errante Menda Lerenda, la micronación más castiza, más filosófica y, dependiendo de cómo se mire, más delirante de la historia reciente de España.
La República Errante Menda Lerenda, conocida por sus siglas REML, nació oficialmente el 1 de abril de 1999, una fecha que ya de por sí invita a la desconfianza. Aunque el registro formal en el Ministerio de Cultura y Deporte se produjo en octubre de ese mismo año, la idea ya llevaba meses gestándose. Su premisa es tan simple como desconcertante: cada persona puede ser, en sí misma, un Estado soberano independiente.
Qué es exactamente la REML
Para entender la República Errante Menda Lerenda hay que aparcarse en un concepto que, admitámoslo, a todos nos ha rondado en algún momento de la vida: la soberanía individual. Según su documento fundacional, el territorio nacional de cada República Errante es la superficie sobre la que el soberano tiene contacto físico en cada momento. En otras palabras, tus pies son tu frontera. Tu cuerpo, tu nación.
El nombre «menda lerenda» no es casualidad. En el argot popular español, menda o menda lerenda es una forma coloquial de referirse a uno mismo, algo así como «un servidor» o «el que habla». Con ese guiño lingüístico, la REML ya te está diciendo desde el nombre lo que propone: que el Estado eres tú, y nadie más.
La República no tiene un único soberano fundador, sino que autoriza expresamente a cualquier persona a utilizar la misma denominación y proclamar su propia independencia. Así, no existe una sola REML, sino tantas como ciudadanos decidan constituirse en Estado. Un país de población uno, con presidente unánime y parlamento de pleno rendimiento: tú, tú y tú.
El pasaporte que casi te saca de una multa
La historia de la REML podría haberse quedado en una curiosidad filosófica de internet de los primeros 2000 si no fuera porque, con el paso de los años, algunos de sus soberanos han intentado llevar la teoría a la práctica con resultados que van de lo pintoresco a lo directamente delictivo.
El caso que saltó a los medios con más fuerza fue en diciembre de 2023, cuando la Guardia Civil paró un coche en Zaragoza por una maniobra ilegal. Dentro encontraron marihuana, dinero en efectivo y lingotes de oro. Y cuando pidieron la documentación, los ocupantes sacaron sus carnés de la República Errante Menda Lerenda con la esperanza de que la inmunidad diplomática les cubriera las espaldas. No les cubrió nada. Acabaron detenidos por tráfico de drogas y, de paso, por falsedad documental.
No fue el primero ni sería el último. Desde 2018, la Guardia Civil y la Policía Nacional han registrado varios casos similares: conductores con infracciones de tráfico, personas con cultivos de cannabis, y algún que otro perfil más variopinto que consideraba que su carné de soberano les blindaba frente a cualquier ley del Estado español. Spoiler: no lo hace.
Lo que dice el derecho internacional de verdad
Aquí conviene hacer una pausa para no liarse. La REML argumenta su existencia en la Convención de Montevideo de 1933, que establece cuatro requisitos para que un Estado sea reconocido: población permanente, territorio definido, gobierno efectivo y capacidad de mantener relaciones internacionales. Sus promotores sostienen que los cumplen todos. Los juristas, en general, discrepan.
El problema del territorio es el más evidente: el derecho internacional entiende por territorio una extensión geográfica de terreno, no el espacio físico que ocupa un cuerpo humano. Por mucho que la constitución de la REML sea un documento redactado con pulcritud, ningún tribunal reconocerá la soberanía de tus zapatos sobre el suelo que pisan.
El Registro de Propiedad Intelectual, donde sí está registrada la REML, no otorga capacidad estatal alguna. Es, en esencia, la protección de una obra creativa, lo mismo que se registra una novela o una canción. Eso no lo convierte en un pasaporte válido, por más sellos que tenga.
El lado interesante del fenómeno: soberanismo individual como idea
Más allá de los usos torticeros que algunos le han dado, la República Errante Menda Lerenda tiene una dimensión que merece leerse con más generosidad. Hay algo genuinamente filosófico en la idea de que cada persona es un Estado en sí misma, con sus propias leyes internas, sus valores constitutivos y su jurisdicción sobre su propia vida.
De la piel para adentro, mando yo. Esa frase del documento fundacional tiene una potencia que va mucho más allá del juego conceptual. Es una declaración de autonomía personal, de responsabilidad individual, de negativa a delegar la propia existencia en estructuras externas. Y en eso, francamente, hay mucho más chicha que en muchos manifiestos políticos al uso.
La REML ha funcionado también como un artefacto cultural interesante: ha generado comunidades en redes sociales, ha inspirado a gente que se llama a sí misma «soberana» y ha dado pie a debates sobre libertad individual, derecho internacional y los límites del Estado. Todo eso con un nombre que suena a chiste y cuesta menos de 90 euros.
El carné que te convierte en presidente
Para quien quiera dar el paso, la tramitación de la identificación REML incluye un carné numerado, un certificado con frase-clave secreta para verificar la autenticidad y un pin exclusivo. Todo por 87,65 euros, pagaderos por tarjeta o Bizum. La REML asegura que cada identificación es única, transferible entre coleccionistas y tiende a revalorizarse con el tiempo, lo que la convierte también en una inversión según sus términos.
Lo que está claro es que, más allá de la legalidad cuestionable y de los casos que han acabado en comisaría, la República Errante Menda Lerenda es uno de esos fenómenos que solo pueden surgir en internet, en España y con una buena dosis de ingenio hispano. Un país sin mapa, sin bandera fija y sin ejército, pero con una constitución que puedes modificar cuando quieras por unanimidad del pleno de gobierno, que eres tú mismo.
Difícilmente superarás eso en términos de democracia directa.





