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Ellos ganan cuando tú odias

La pregunta es sencilla: ¿a quién le conviene que estés enfadado?

Marcos López Quiroga
Marcos López Quiroga
· 4 min de lectura

Hay una pregunta que merece hacerse un domingo por la mañana, antes de abrir el móvil y empezar a tragarse la función de siempre. La pregunta es sencilla: ¿a quién le conviene que estés enfadado?

No con el vecino. No con el jefe. Con el de enfrente. Con el que vota diferente. Con el que comparte una bandera distinta o una ideología que te pone los nervios de punta. ¿A quién le conviene exactamente ese enfado tuyo? Spoiler: no a ti.

El 70% de los españoles considera que el nivel de crispación política es hoy mayor que hace un año. Setenta por ciento. Siete de cada diez personas en este país se levantan con la sensación de que esto va a peor, de que el otro bando es el enemigo, de que algo fundamental está en juego y hay que defender el territorio. Y mientras tanto, la polarización ya no se manifiesta principalmente como discrepancia ideológica, sino como un clima emocional de confrontación permanente: la política se percibe como conflicto constante y no como espacio de resolución de problemas.

Ahí está la clave. Porque el problema no es que haya diferencias de opinión. Las diferencias de opinión son la salud de una democracia. El problema es que alguien ha decidido que esas diferencias no son para debatir, sino para encender. Y lo ha conseguido de maravilla.

Esta semana, el Gobierno ha lanzado un sistema para medir el odio en redes sociales. La herramienta, llamada Hodio, publicará rankings semestrales sobre la presencia de discursos de odio y polarización en plataformas digitales. La oposición ha respondido acusando al Gobierno de querer vigilar a los ciudadanos. El Gobierno ha acusado a la oposición de proteger el odio. Los medios afines a cada bando han dado cobertura a su versión. Y el ciudadano de a pie ha consumido ambas narrativas, ha elegido la suya, y se ha ido a dormir un poco más convencido de que el otro lado es lo peor que le ha pasado a España desde los cartagineses.

El mecanismo es perfecto. Y no es nuevo. Estas cosas llevan ocurriendo desde hace mucho tiempo. La gran diferencia es que hoy un móvil al alcance de cualquiera lo graba todo, y la viralización en redes magnifica enormemente lo que antes pasaba desapercibido. Antes, el concejal que le tiraba el café al rival era un titular de página cinco. Hoy es un vídeo con dos millones de reproducciones y trescientas mil personas dividas en dos trincheras según su color político.

No se trata de equidistancia barata ni de ese «todos son iguales» que sirve para no pensar. Hay diferencias reales entre partidos, entre programas, entre formas de entender el país. Sería deshonesto negarlo. Pero hay algo que sí comparten casi todos, con independencia del color: la crispación les es útil. Un electorado encendido moviliza. Un ciudadano furioso no analiza, vota con las tripas. Un debate convertido en guerra de trincheras no se gana con razones, sino con ruido.

Los datos confirman que la polarización emocional no se reduce apelando a consensos abstractos. El principal problema no es el desacuerdo político, sino su traducción permanente en términos de amenaza y antagonismo. Cuando una parte significativa de la ciudadanía vive la política como un estado constante de guerra simbólica, el problema ya no es quién gana las elecciones, sino qué tipo de democracia queda después.

Qué tipo de democracia queda. Esa es la pregunta de verdad.

Porque al final, mientras tú y yo discutimos en X sobre quién es más culpable de la ruina de España, los que toman las decisiones que afectan a tu vida cotidiana siguen tomándolas. Tranquilamente. Sin que nadie les moleste demasiado. Ocupados como estamos en odiarnos los unos a los otros.

Ellos ganan cuando tú odias. Recuérdalo la próxima vez que vayas a darle a «compartir».


Marcos López Quiroga

Escrito por

Marcos López Quiroga

Redactor de Actualidad

Sigue la actualidad de Madrid: sucesos, tribunales y la vida en los barrios de la ciudad.

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