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El país que nos merecemos, o no

Llevo cuarenta años viendo pasar gobiernos por este país como si fueran autobuses de línea. Unos más sucios que otros, algunos con el motor gripado,…

Marcos López Quiroga
Marcos López Quiroga
· Actualizado: · 4 min de lectura

Llevo cuarenta años viendo pasar gobiernos por este país como si fueran autobuses de línea. Unos más sucios que otros, algunos con el motor gripado, la mayoría con el conductor mirando el retrovisor en lugar de la carretera. Y sin embargo, aquí seguimos. Sentados en la parada, con el billete en la mano, convencidos de que el próximo será el bueno.

No lo será.

España tiene el singular talento de convertir cualquier crisis en espectáculo, y cualquier espectáculo en rutina. Lo que en otro país provocaría dimisiones fulminantes, aquí genera ruedas de prensa. Lo que allí causaría vergüenza, aquí causa un trending topic de cuarenta y ocho horas y después silencio. Gran silencio. El silencio cómplice de quien ya no espera nada y por tanto no exige nada.

El problema no es que nos gobiernen mal. El problema es que nos hemos acostumbrado.

He visto cómo la izquierda se olvidó de los trabajadores para hablar de otras cosas, cosas importantes sin duda, pero con las que no se paga la hipoteca. He visto cómo la derecha, esa derecha que presume de patria y bandera, no tuvo inconveniente en pactar con quien fuera necesario con tal de recuperar un sillón caliente. Y he visto al ciudadano de a pie —ese señor que madruga, que paga sus impuestos, que lleva a sus hijos al colegio público porque el privado no le llega— mirando el telediario con esa expresión entre el asombro y la resignación que define mejor que ninguna otra cosa la condición española contemporánea.

Entretanto, el Congreso debate. Siempre debate. Debate con ardor, con pasión, con insultos medidos al milímetro para que no pasen de la raya. Debate y debate y al final, por supuesto, no aprueba nada. O aprueba algo que no sirve para nada. O lo que aprueba lo tumba el de al lado. Es un mecanismo perfecto, si uno lo piensa bien: una máquina diseñada con precisión suiza para no producir absolutamente nada.

Y mientras, la gente.

La gente que no llega a fin de mes aunque trabaje. La gente joven que estudió lo que le dijeron que estudiara y ahora tiene un máster, dos idiomas y un contrato de prácticas a los treinta y dos años. La gente mayor que cotizó cuarenta años y ahora mira la pensión con la misma desconfianza con que uno mira un paraguas roto antes de salir a la lluvia. Esa gente no sale en las tertulias. No genera titulares. No tiene portavoz ni gabinete de comunicación.

Esa gente sencillamente existe, y espera.

Lo que más me indigna —y a estas alturas de la vida pocas cosas consiguen indignarme del todo, porque uno se va acorazando— no es la corrupción. La corrupción es vieja como el poder, y el poder es viejo como el hombre. Lo que me indigna es la naturalidad con que se ejerce. La comodidad. Esa manera de mirar a cámara y mentir sin pestañear, con la soltura de quien lleva haciéndolo tanto tiempo que ya ni lo nota. Como respirar. Como levantarse por las mañanas.

Dicen que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen. Yo no lo creo del todo. Creo que los pueblos tienen los gobiernos que les dejan tener. Que hay una diferencia. Pero también creo que llegado cierto punto, la pasividad se convierte en complicidad. Y que quedarse en el sofá cada vez que hay ocasión de exigir cuentas es una forma, silenciosa pero eficaz, de firmar el cheque en blanco.

Este país tiene solución. Lo creo de verdad, aunque a veces me cueste.

Pero no la tendrá mientras sigamos aplaudiendo al malo de siempre por ser menos malo que el otro. Mientras confundamos gestionar el desastre con gobernar. Mientras aceptemos que la mediocridad es el precio inevitable de la democracia, cuando en realidad es la consecuencia de no exigirle más.

El autobús llegará. Llegará sucio, tarde y con el conductor hablando por teléfono.

La pregunta es si volvemos a subir.

Marcos López Quiroga

Escrito por

Marcos López Quiroga

Redactor de Actualidad

Sigue la actualidad de Madrid: sucesos, tribunales y la vida en los barrios de la ciudad.

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